La nobleza y tolerancia del Boxer


Mi hijo tenía cuatro años y la niña 2, cuando en Junio de 1978 adquirimos nuestra primera perra de raza Boxer, con apenas dos meses. A la muñequita aquella le pusimos de nombre Barbie.

Decidirme por esa raza me había llevado varios meses, leyendo la Gran Enciclopedia Canina, fascículo por fascículo, raza por raza, para conocer las cualidades de cada una. Después de reducir todo a tres candidatas, nos decantamos finalmente por el Boxer. Más que nada, privaron todas las referencias de su buen hacer y tolerancia con los niños, aunque también fue porque nos gustó. Y decidimos que fuera hembra, para aprovechar aún más sus tendencias maternales. Jamás nos arrepentimos. Por el contrario, llegamos a tener hasta tres de ellos, junto con Sexy, una poodle (caniche), y al Rantamplán, que nunca supimos de que raza era. Durante treinta años, siempre hubo una boxer con nosotros.  La última cerró sus ojos y dio su postrer ronquido hace pocos meses.

A diferencia de mi hijo varón, que no dormía si no era en su cama, la niña lo hacía en cualquier parte. Ella dormía donde la agarraba el sueño. Frecuentemente nos la encontrábamos en el suelo, durmiendo junto a la perra.

Un día estaba Barbie dormitando en el piso de la sala, cuando mi hija no tuvo otra ocurrencia que agacharse sobre ella, agarrar un pliegue de su piel y morderla sin soltar. La perra levantó la cabeza de inmediato y me miró casi suplicante, como diciéndome: «Quítamela». Así lo hice, y mi hija, para evitar cualquier reproche de mi parte, me cegó con su enorme y usual sonrisa de oreja a oreja.  Luego acarició a Barby. La perra se levantó del suelo y lavó  la cara de mi hija a lengüetazos, moviendo su rabito, contenta, como siempre. En aquel momento, yo tuve una excelente muestra de lo que era la tolerancia de un buen perro Boxer hacia los miembros de su familia, y hacia los niños. Ninguna de las cinco hembras y un macho boxer que tuvimos en estos 30 años nos defraudaron.

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