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A 360 días de su pérdida.

Penélope y yo Un enorme vacío fue lo que quedó después que Penélope, mi última y maravillosa perra boxer, diera su último ronquido hace un año. Nada ha podido llenarlo. Hay días en que se hace difícil vivir con un agujero tan grande en el corazón.

La nobleza y tolerancia del Boxer

Mi hijo tenía cuatro años y la niña 2, cuando en Junio de 1978 adquirimos nuestra primera perra de raza Boxer, con apenas dos meses. A la muñequita aquella le pusimos de nombre Barbie. Decidirme por esa raza me había llevado varios meses, leyendo la Gran Enciclopedia Canina, fascículo por fascículo, raza por raza, para conocer las cualidades de cada una. Después de reducir todo a tres candidatas, nos decantamos finalmente por el Boxer. Más que nada, privaron todas las referencias de su buen hacer y tolerancia con los niños, aunque también fue porque nos gustó. Y decidimos que fuera hembra, para aprovechar aún más sus tendencias maternales. Jamás nos arrepentimos. Por el contrario, llegamos a tener hasta tres de ellos, junto con Sexy, una poodle (caniche), y al Rantamplán, que nunca supimos de que raza era. Durante treinta años, siempre hubo una boxer con nosotros.  La última cerró sus ojos y dio su postrer ronquido hace pocos meses. A diferencia de mi hijo varón, que no dormía si no era en su cama, la niña lo hacía en cualquier parte. Ella dormía donde la agarraba el sueño. Frecuentemente nos la encontrábamos en el suelo, durmiendo junto a la perra.

El último ronquido de Penélope

Penélope, perra boxer Fue una mañana lluviosa y fría. Penélope y yo salimos a pasear por Madrid, como todos los días desde que, unos meses antes, la había logrado traer desde Venezuela. A ella le agradaba el clima frío, pues podía caminar y correr durante horas sin fatigarse. Pero, en los dos últimos meses, para ella las cosas habían cambiado con demasiada rapidez. Sobreviviente a envenenamientos y diversas enfermedades e infecciones severas, esta vez luchaba contra algo que ni los medicamentos ni los cuidados podían vencer.

Cuando llega la hora de morir

perra boxerEn mi artículo “Conociendo la hora de tu muerte,” en que refiero el caso de la peculiar sensibilidad del gato Oscar para predecir el fallecimiento de personas, algunos opinaron que bien les gustaría poder saber eso. Otros, ni que se lo mencionen. La mayoría de los humanos han perdido la capacidad de reconocer el momento en que la señora del sueño eterno los llama. Pero los animales saben cuando, por efecto de su edad o alguna enfermedad, les llega la hora. Muchos habrán leído las historias sobre los elefantes, que conociendo que su muerte se acerca, viajaban hasta el lugar que se dio en llamar “cementerio de los elefantes” para sumar sus huesos a los de sus predecesores.

Aullando por tus animales perdidos

Lobo aullando en el bosqu
Cuando mi gato Mínimo vivía, uno de los sitios externos en donde le gustaba meterse a dormir, era un espeso macizo de flores en al jardín trasero. Cuando yo llegaba a casa y abría el portón del garaje, mi perra boxer Penélope venía a mi encuentro, saltando de alegría, contoneándose y torciéndose toda. Sin embargo, su hermana Montserrat iba hacia atrás. Buscaba al Mínimo en su macizo favorito, o por sus otros sitios de costumbre, para avisarle que yo había llegado. Después que el Mínimo murió, Montserrat siguió manteniendo ese mismo comportamiento, buscándolo. Ella nunca comprendió que su querido y dulce gato no volvería.

Viajando en familia

Viajando en el auto con un perro Hay que haber crecido manejando un vehículo 4×4, para saber todo lo que se puede hacer con uno, fuera de la carretera y sobre ella. Yo aprendí a manejar al volante de un viejo jeep Willys, cruzando barrizales y ríos, por las que entonces (1967) eran unas tranquilas carreteras de tierra, en la zona costera entre Los Caracas e Higuerote, en Venezuela. Años más tarde, poco después de que mi segundo hijo naciera, descubrí las bondades y la versatilidad del espacioso interior de las camionetas rancheras (berlinas) para los viajes en familia; desde entonces, los vehículos monovolúmenes han sido mi elección.

No me cambies la rutina

Boxer Anécdota canina Cuando estoy solo en casa, tengo cierta rutina matutina. Al levantarme, Penélope me está esperando impaciente para recibir sus dos galletitas para perros, que se devora en un instante. Mi gato Rufo se pone ante el refrigerador, para que le de su ración de unos cuantos trocitos de hígado de res, por el que se desvive. Después pongo la cafetera y voy preparando la mesa para el desayuno. Es algo que Penélope espera con más ansias que sus dos galletas, pues desayunamos juntos. Luego de eso, abro la puerta delantera y los dos vamos hasta la gran jaula de las tres loras, para limpiarla y darles de comer.

El último pedacito es mío

Boxer PenelopeYo comía un McPollo, sentado cómodamente en mi casa. Como de costumbre, Penélope, mi perra boxer, estaba sentada a mi lado derecho, disfrutando de las papitas fritas que yo le iba dando poco a poco. Yo estaba un poco distraído leyendo unas notas, y abrí la boca para engullir el último bocado que quedaba, cuando escuché sus quejidos y la presión de su pata sobre mi pierna. Detuve mi acto, la miré y noté su cara con expresión de angustia, salivando y casi gritándome: Te vas a comer el último pedacito. Por los pelitos. Casi me lo como. Yo acostumbro a darle el último pedazo.

Un nuevo amigo

Cleo y Circe jugando Aus me envía esta fotografía de su perra boxer albina, llamada Cleo. Desde hace poco tiene un nuevo amigo con quien compartir sus juegos. Se trata de Circe, una hermosa Basset Hound de cuatro meses. Yo tuve uno de niño, pero no me acuerdo muy bien de él. Luego, aparte de un pastor alemán, todos los demás han sido boxer. Debo admitir que siento predilección por esta noble raza. Como Aus refiere en su blog Desde la memoria gracias a un poco de entendimiento del comportamiento animal, cuidado y paciencia, y también a la invaluable ayuda de su mamá, lograron introducir satisfactoriamente a Circe para que Cleo la aceptara.