Un gato con una rara bronquitis


Cuando alguien no tiene ningún tipo de experiencia con alguna clase de animales, pueden suceder situaciones realmente anecdóticas.

Si nunca has tenido un perro podrás fácilmente confundir un estado de nerviosismo con uno de agresividad, o un intento de juego por parte del animal como un intento de ataque. Con los gatos ocurre otro tanto. Vamos, que les sucede hasta quienes tienen experiencia, como el caso que ya he publicado de La gata con piómeras rayadas… que se mueven.

Pilar Alonso me envía una anécdota del verano pasado, con uno de sus gatos cuando era pequeñito y tuvo que dejarlo al cuidado de una vecina, por salir de vacaciones. Así que dejo que ella lo cuente:

Mi gatito Timi apenas había cumplido cuatro meses cuando llegaron las fechas de las vacaciones veraniegas.

Tenía que irme a Gijón a ver a la familia, como hago siempre que puedo, pero me preocupaba mi gatito. Era todavía muy joven para abandonarlo a su suerte durante dos semanas. Siempre dejo a disposición de mis felinos comida suficiente, en bolsa  de cuatro kilos abierta, inclinada de forma que puedan entrar a nutrirse. La sitúo “estratégicamente” en una esquina de la barbacoa para que el agua, en caso de lluvia, no les moje el pienso. Pero no era suficiente el disponer de alimento para un gatito aún indefenso. 

Hablé con mi vecina, que tiene perro, pero nunca ha tenido gatos, y le pedí encarecidamente que cuidara de mi pequeño. (Ella siempre se ocupa de comprobar que no se les acabe el sustento, y de colocarles otra bolsa llena cuando lo precisan).
Sabiendo que llegaría este momento, ya se lo había “presentado” cuando lo adopté, y acercado en numerosas ocasiones para que lo fueran conociendo, tanto ella como su perro.

Al despedirme, entre otras cosas le dije : “por favor, si le pasa algo a cualquiera de mis gatos, te dejo en el porche el transportín, llévalo urgente al veterinario, que ya te pago a la vuelta lo que sea….”
Me quedé bastante tranquila.

Ella se hizo cargo muy en serio de Timi, hasta el punto de que lo metía en casa a todas horas. Era su primer contacto físico directo con un gato.
Al tercer día me llamó toda preocupada.
La conversación fue la siguiente:

—Hola Pilar, te llamo porque Timi debe de estar enfermo, hace ese ruido al respirar. ¿Cómo te lo explicaría yo? Así como cuando un niño pequeño tiene bronquitis.
A mí me pareció extraño. ¡Un gato vacunado, con resfriado en pleno mes de agosto!
—¿Dónde está el gato, Palmira?
—Aquí, en mi regazo, estamos sentados en el sofá. Se pasa el tiempo conmigo cuando veo la tele. Mira, ahora está respirando así…
—Por favor Palmira, acerca el teléfono a Timi.

Y comprobé, con gran alivio,  ¡QUE ESTABA RONRONEANDO!

Cuando volvimos a retomar el diálogo, le expliqué lo que significa ese sonido y lo feliz que se siente el gato en su compañía, de ahí su ronroneo. Perdón, su bronquitis…
Nos reímos las dos un buen rato, sobre todo pensando en la reacción que hubiera tenido el veterinario, de haberle llevado el gatito a consulta con semejante “problema” de salud.

Desde ese verano, Timi, ahora un hermoso adulto de color negro azabache, tiene dos cuidadoras: va de una casa a otra, según le place.

Por: Pilar Alonso

La foto es la de su gato negro Timi, en la actualidad, ya adulto y muy saludable. Sin duda un hermoso gato.

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