El gato peluquero

Gato en el sueloEl ojo percibe mejor las cosas que están en movimiento; las estáticas pueden pasar desapercibidas. Hay muchísimas cosas que vemos, pero que no percibimos conscientemente, simplemente porque nuestro cerebro no les presta la debida atención, por considerarlas triviales o sin interés.

El lugar: calle Chacaito, en Chacaito, Caracas, a pocos metros del Boulevard de Sabanagrande, frente a donde paran los autobuses para Las Mercedes, La Trinidad, Concresa y esos lares.

Yo caminaba distraído, saliendo de una tienda en un pequeño altillo, donde venden celulares y sacan fotocopias, ensimismado en mis papeleos de legalizaciones. Pero me detuve. Algo había captado por el rabillo del ojo, que mi cerebro consideró de interés para mi, y dio el aviso a mi consciente. No sabía lo que era, pero retrocedí un paso y miré al interior de la peluquería.

Gato en el suelo

Claro que era de interés para mí, y mi cerebro lo sabía muy bien. En el piso había un hermoso gato adormilado.

Entré y pedí permiso para acariciarlo. Al verme acercar, el gato se volteó patas arriba, girando sobre si mismo y mostrándome su barriga en forma mimosa. Los dos ronroneamos sin que los demás escucharan.

Gato en el suelo

Entre caricia y caricia saqué mi camarita viajera, y retrocedí un paso para poder tomarle unas fotos. Pero el gato se levantó, me siguió y se enredó en mis piernas, volviendo a echarse en el suelo. Yo lo volví a acariciar. Las personas en la peluquería reían.

– No te lo vayas a llevar. -Dijo un peluquero.

Gato en el suelo

Me fue casi imposible separarme del gato para tomarle una foto. El me seguía y se enredaba entre mis pies. Quería caricias y más caricias. Apenas pude salvar tres o cuatro fotos, tomadas con una sola mano, al vuelo. Las demás quedaron borrosas por sus movimientos, o desenfocadas.

No pude entender el nombre del gato. Tenía ocho meses y era de la misma raza que mi Rufo, aunque de otro color. Me costó trabajo separarme de aquel hermoso gato peluquero. Marché casi a la fuerza.


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