Yo no fui, fue mi hermana.

Dos perras durmiendo juntas

Anécdota canina.

Una noche, acompañado por mis dos perras boxer, Montserrat y Penélope, dábamos la usual ronda por los jardines y patios que rodean la casa, antes de cerrar para acostarnos.

Encontré rota la bolsa de plástico con la basura, que yo había dejado junto al portón de acceso para vehículos. Iba a sacarla en la mañana siguiente que pasaría el camión recolector. El contenido estaba esparcido por el suelo. Yo levanté la voz, lo que es muy inusual cuando hablo con mis animales. Pregunté quién la había roto, y ellas notaron que yo estaba molesto.

Montserrat tomó una actitud que percibí como de culpabilidad. Penélope me miró y puso cara de «yo no fui». Pero como no tenía pruebas, no podía regañarlas, involucrando también a la inocente. Así que, con mi comportamiento, me limité a dejar claro mi disgusto por aquel suceso.

Pasó el tiempo y ya me había olvidado de aquello. Pero una noche, ya tarde, estaba yo solo en la casa con ellas dos y el gato, mirando la televisión en el estudio, con la puerta abierta para que entrara la brisa fresca. En cierto momento me fijé en Penélope. Ella estaba sentada en el umbral, mirando hacia el jardín trasero. Noté que quería señalarme algo. Yo me levanté, pero con la distancia y la oscuridad que ofrecía el gran árbol de níspero, no logré ver nada allá atrás. Así que me desentendí y continué viendo la película.

Llegados los comerciales volví a mirar a Penélope. Seguía en la misma posición. Me miraba y volvía a concentrar su atención hacia el fondo del jardín trasero. Ella sabía algo que yo ignoraba.

Esa vez si que le presté más atención. Y fue cuando capté la diferencia. Si hubiera tratado de advertirme de algún intruso, ella estaría ladrando con insistencia, o emitiendo alguna de sus múltiples vocalizaciones, pero permanecía silenciosa. Sin embargo creí notar preocupación en ella. Algo estaba sucediendo que la intranquilizaba, y quería hacérmelo saber. En ese momento me di cuenta de que su hermana no estaba en el estudio. Me asombró no verla por ninguna parte, pues ella no me pierde pisada y siempre está a mi lado.

Me volví a levantar y salí hacia el jardín. Miré hacia atrás, pero Penélope no me seguía, permanecía sentada en el mismo sitio. Por más que la llamé no quiso salir. Y eso era totalmente anormal, pues ella siempre correteaba delante de mí. Ahora si que me preocupé.

Caminé unos metros más, hasta que la luz de una de las farolas del jardín me permitió ver lo que sucedía.

Aquella tarde yo me había dedicado a la jardinería, podando algunos macizos de flores y recogiendo hojas secas. Los restos los coloqué dentro de una enorme y resistente bolsa de plástico negro. Y como aún quedó espacio, metí también un par de bolsas más pequeñas con residuos domésticos, y la dejé arrimada a una pared en el jardín de atrás. Tenía la intención de sacarla temprano en la mañana.

No supe si molestarme o si reír a carcajadas, pues allí estaba la causa de la peculiar preocupación de mi Penélope. Su hermana Montserrat había roto la bolsa. Estaba muy entretenida, registrando el contenido esparcido. Esta vez la encontré in fraganti. Ella era la autora.

Llamé a Penélope, pero por más insistente que fui no se movió. Permaneció sentada en la puerta del estudio. Fue evidente que ella no quería involucrarse en lo que sabía que estaba haciendo su hermana.

Regañé a Montserrat. Luego premié a Penélope con unas caricias y palabras apropiadas. Ahora que yo sabía lo que había sucedido, su actitud me resultó muy clara.Ella recordaba perfectamente el suceso pasado, y ahora había querido dejar muy claras las cosas. Me estuvo diciendo: Yo no fui, fue mi hermana.

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