Lo primero que te encontrarás cuando revisas un libro que hable sobre razas de gatos, es que los hay que no se llevan nada bien con otros de su especie, por lo que suelen ser aconsejables para quien quiera tener uno solo, pero no para quien tenga varios ya, a menos que quiera meterse a domador.
Claro, como todo, esa generalización, aún para una raza específica, no es un dogma de fe. Está harto comprobado que algunos de esos gatos pueden terminar conviviendo con otros, si acaso no adorando a sus congéneres, al menos sí tolerándolos lo suficiente como para realizar vida social.
Por otra parte, cuando te encuentras un gato abandonado y decides rescatarlo y adoptarlo, no es esa una de las cosas en que te paras a pensar, tampoco es algo que puedas evaluar de un solo vistazo.
Una de las tantísimas leyes atribuídas a Mr. Murphy (a pesar de que él dio tan solo una), es aquella que dice que si algo pude llegar a suceder, sucedrá. En efecto, lo otro que aprendemos cuando tenemos al menos un gato es que cualquier imposible puede darse con ellos. ¿Conoces esos frascos con tapa a prueba de niños, que cualquier niño abre con más facilidad que yo? Pues ese lugar tan elevado, tapado, seguro e inaccesible, a prueba de todo, no lo es a prueba de gatos… ni de mapaches. Así que, si quieres evitar que un gato caiga en un bidón de aceite, estate seguro de que lo tienes tapado a prueba de gatos. Dejarlo sin tapa es un invitación permanente a cosas como estas, en la nueva historia que nos trae mi amigo Juan Luis Blázquez de Opazo.
Cada perro y cada gato abandonado (para no mencionar a tantos otros animales) tienen una triste historia detrás. La mayoría nunca se llegan a saber por quienes los rescatan, aunque, a veces, casi en trabajo forense, las condiciones de salud en que son encontrados logran darnos una idea de las vicisitudes por las que han pasado esos animales, generalmente en silencio, con total resignación. Porque… ¿de qué vale quejarse si no hay nadie quién te escuche?
A poco de publicar el post anterior sobre «Merlín, el gato misterioso» y una de sus aventuras, mi amigo Juan Luis me envió la siguiente noticia:
Era una noche de viernes muy, muy lluviosa del invierno pasado y llegábamos a casa a altas horas, de cenar con unos amigos en Madrid. Al entrar en nuestro callejón pudimos verlo en medio de la calle, a escasos metros de casa, empapado en agua estaba un pequeño gato, de quizás unos cuatro meses, que intentaba comerse los restos de un trozo de pan empapado de agua en un charco formado por la persistente lluvia.











