Tunia me escribe desde Madrid. Cuenta que, en Agosto del año pasado, ella encontró abandonado un gatito de unos dos meses, que estaba en muy mal estado. Lo adoptó, lo cuidó, le puso el nombre de Lupito y le dio su cariño. Ahora, con ocho meses, dice que está hecho todo un campeón. Es de un color negro intenso, (como Hécate o Lunita) pero Tunia no me envió ninguna foto. De todos modos, para quienes deseen verlo, ella tiene su propio blog en blogger, en donde pueden leer algunas de las peripecias de Lupito en estos ocho meses, y ver sus fotos, así como las de Travis y otros.
Dos gritos. Sorpresa, seguida de dolor. Un golpe. Un hombre caído en la acera. Era un invidente. Su bastón no logró detectar la cagada que yo sorteé unos instantes antes. Grande y blanda. Aún no brillaba el sol para secarla esa mañana. El hombre no se fracturó nada, afortunadamente, pero pudo haber sucedido.

Anécdota canina
Cuando estoy solo en casa, tengo cierta rutina matutina.
Al levantarme, Penélope me está esperando impaciente para recibir sus dos galletitas para perros, que se devora en un instante. Mi gato Rufo se pone ante el refrigerador, para que le de su ración de unos cuantos trocitos de hígado de res, por el que se desvive.
Después pongo la cafetera y voy preparando la mesa para el desayuno. Es algo que Penélope espera con más ansias que sus dos galletas, pues desayunamos juntos. Luego de eso, abro la puerta delantera y los dos vamos hasta la gran jaula de las tres loras, para limpiarla y darles de comer.

Con mi gato Rufo en estas poses, comprenderán el motivo por el que tuve que acostumbrarme a usar la almoadilla táctil, (touchpad) de mi portátil, en lugar del mouse.

Bañar a un perro es un juego de niños. Pero a un gato es algo muy distinto.
Hoy ha sido día de baño para mi gato Rufo. Nos encerrados en la ducha, dos barcales (poncheras) con abundante agua tibia, champú para gatos, dos toallas grandes y una buena dosis de paciencia y, sobre todo, cariño y comprensión.
No se hasta donde se escucharán sus maullidos lastimeros. Pero las cosas no pasan de ahí, y de algunos intentos inútiles de abrir la puerta de la ducha para salir. Quizás a otros les resulte poco menos que una odisea, pero bañar a Rufo es divertido para mí. Al final, yo termino sin un solo rasguño, -mi gato me quiere de verdad- aunque empapado por completo, y él termina fresquito y limpio.





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