Mi mundo animal es mucho más que perros y gatos. Mi amor más temprano fueron los caballos; dicen que desde que abrí los ojos y vi el primero. En mi pueblito montaraz no era difícil, solamente necesitaba asomarme a la ventana.
En una de las visitas a mis padres, un día de comienzos de primavera, hace un par de años, decidí subir con mi papá a las montañas del Rasón, en el Concejo de Aller, Asturias, a donde no iba desde joven. Nos bajamos del auto y yo caminé por una pradera cubierta de flores y verde pastura, deleitándome con la hermosa vista, el aroma y los sonidos. Era volver a la niñez.
Se veían reses por todas partes. Y algo más arriba divisé a unos caballos pastando. Preparaba mi cámara fotográfica, cuando escuché el peculiar ruido de cascos batiendo sobre suelo blando. Toda la manada que hacía unos instantes estaba arriba de la colina, una veintena de caballos, la mayoría yeguas y potrillos, ahora bajaban a todo galope por la suave ladera, directo hacia mí.





- Madrid
RSS de las entradas






Para Aiko, nuestra gatita siamesa, salir a pasear es un enorme placer.
El ojo percibe mejor las cosas que están en movimiento; las estáticas pueden pasar desapercibidas. Hay muchísimas cosas que vemos, pero que no percibimos conscientemente, simplemente porque nuestro cerebro no les presta la debida atención, por considerarlas triviales o sin interés.
Una de las categorías que tenía planeada para este blog, era una sección de denuncias sobre los casos de maltrato animal, a fin de sacarla de mi primer blog, el principal, El guardián del faro, en donde aparece como Protección Animal. A tal efecto, durante meses estuve suscrito a las Alertas de Google, quien me inundó con gran cantidad de material, a tal grado que quedé tremendamente sorprendido por todo lo que se publica en la web sobre este particular.
Nuestra gatita siamesa Aiko, para quien el veterinario no tenía más que alabanzas debido a su buen comportamiento, ha cambiado radicalmente. Cuando la llevé hace semanas, no quería ni salir de su transportín. Nada más ver el estetoscopio se puso tan arisca que fue imposible que el veterinario se le acercara. Así que decidimos omitir el examen y ponerle la vacuna que le faltaba. Yo la tenía en brazos, y cuando el hombre se acercó con la inyectadora (jeringuilla) en la mano, ella volvió a sacar a relucir su carácter de gato siamés. ¡Hasta tuvo la osadía de esgrimirme frente a la cara una de sus zarpitas con las uñas afuera, amenazadoramente, mientras bufaba y enseñaba los dientes! Fue como si me estuviera diciendo: “No sigas o te doy un zarpazo”.





